Montarse una nueva película a partir de los 50.

Donde quiera que vayas hay gente que te hace recuperar la confianza en el género humano, si estás abierto a descubrirla.

Acabo de llegar de un pequeño viaje a Londres, donde he ido a conocer a unos amigos estadounidenses de mi mujer, que participaban en un festival de cine. Gente encantadora, divertida, amable. Pero lo que que más me anima a hablar de ellos es que son un ejemplo claro de eso que llamamos hacedores. Bien entrada la madurez, mantienen intacta la capacidad de asombro, las ganas de jugar, de aprender, de conocer nuevos amigos.

Rubén, Lynne y Tim viven en la meca de los emprendedores, California, donde se dice que cualquiera puede prosperar con una idea de negocio y muchas ganas.

En un lugar así quizá no desentona una trayectoria vital como la suya, pero no me resisto a compartirla con aquellos que como yo, han vivido en una cultura donde resulta extraño, cuando no sospechoso, que una persona cambie de rumbo a lo largo de su vida, movido por sus propias pasiones, por sus ganas de vivir en diagonal, abrazando tanto como le sea posible.

Hasta donde yo conozco, hay algo en la mentalidad de los países hispanos, que nos hace propensos a buscar la seguridad de una profesión de por vida, y está mal visto la gente que arriesga y experimenta (sin hacer daño a nadie)

Rubén emigró siendo muy joven desde Argentina a la “tierra de las oportunidades” sin saber una palabra de inglés. Y movido por sus ganas de prosperar, realizó variopintos trabajos, se pagó dos carreras, la de Filología Hispánica y la de abogado, y después de comprobar que ser profesor universitario no era lo suyo fundó un bufete de abogados con el amor de su vida, Lynne, a quien conoció en la facultad.

Por si fuera poco ayudar a los inmigrantes a resolver sus asuntos legales, Lynne, que también había hecho de todo hasta entonces, mantuvo su trabajo de azafata de vuelos internacionales los fines de semana. Así pasaron veintiséis años compartiendo juzgados y aeropuertos, viajando juntos a ver medio mundo, mientras entre semana resolvían los problemas de quienes querían seguir los pasos de Rubén.

Cuando llegó el momento en que volar y la abogacía dejaron de ser motivadores, ambos, que ya no eran adolescentes precisamente, recuperaron su vocación juvenil, la interpretación, y se adentraron sin brújula en el complejo y cerrado círculo de los actores de Hollywood.

Como todo actor en ciernes, han tenido que protagonizar comerciales, ser la comparsa de estrellas, e irse ganándo su derecho a ser tenidos en cuenta en el mundillo a base de mucho trabajo, pero disfrutando como niños.

Ayer, concretamente ayer, disfrutaron un paso más en su carrera, al concederse a Lynne el premio del festival a la mejor actriz. Bravo, preciosa, te lo mereces.

Y qué decir de Tim, el hermano de Lynne, a quién tuve también la suerte de conocer. Un californiano tan largo como su estado, que un día fue rubio. Y aficionado al surf, como no podía ser menos. También él ha vivido una vida diversa, haciendo de constructor y policía entre otras cosas, pero un día, hace dos años, bien pasado el medio siglo de vida, dejó todo y se dejó llevar por su vena creativa, y hoy por hoy es un hombre de cine de la cabeza a los pies: cámara/director/editor… Un principiante, según él, pero un hombre con talento a todas luces.

Y en mi papel de investigador me pregunto ¿por qué esta flexibilidad, esta facilidad para cambiar bruscamente de rumbo, sin estrellarse, sin perder la diversión? Las respuestas nunca son sencillas, pero me atrevo a señalar dos cosas:

Los padres de Lynne y Tim les educaron a tener la mente abierta, a no tener miedo a experimentar, a perseguir lo que deseaban. Y esa es la mejor herencia que pueden dejarte unos padres.

Lynne y Rubén nos enseñan que cuando una pareja comparte sus sueños y proyectos, pueden realimentarse y darse una fuerza mutua capaz de superar cualquier obstáculo. Algo muy alejado de lo que dicta la “sabiduría popular” en mi tierra: “no mezcles nunca familia y negocio”.

Creo que estas personas son un ejemplo rotundo de que nunca es tarde para decidir qué quieres hacer con tu vida. Esperamos poder acercaros muchos casos así, para ilustrar el espíritu de lo que Mutata os propone.

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